¿Hay que meditar todos los días? ¿Qué pasa si no medito a diario?

Son dos de las preguntas que muchas personas se hacen tras un primer acercamiento a la meditación. Normalmente los instructores responden que al menos seis días a la semana, o que cuánto más mejor. Otros te dicen que lo que puedas pero que te esfuerces en integrar ese hábito en tu vida hasta que lo hagas como el lavado de dientes, que ni te lo planteas. Se hace por una cuestión de higiene y punto.

Teniendo claro que cualquiera de los beneficios que pretendas sentir con la meditación te llegarán si meditas (obvio), y que el hábito se logra con una práctica constante (más valen cinco minutos varios días seguidos que una hora cada quince días), yo suelo ser bastante flexible. Porque aconsejar a alguien que medite sí o sí de manera forzada es como obligar a un niño a comer lechuga por la fuerza. Al final la odia. Hay que cogerle el gusto y eso es poco a poco. Si un día no meditas, no te juzgues ni te castigues por ello. Al día siguiente lo vuelves a intentar. Y si después de unos días sin meditar notas alguna de las sensaciones que te mencionaré más adelante, y dejas de sentirlas al volver a meditar, entonces es probable que vuelvas a coger el hábito. Notar este tipo de cambios es muy saludable.

Durante mis últimas vacaciones he meditado a mi aire. Quiero decir que no he utilizado tanto los audios que me sirven de guía normalmente, por diversos motivos. He meditado más en contacto con la naturaleza, caminando, etc., dejándome llevar por mi instinto, sin esquemas ni instrucciones. Y eso está bien. Muy bien.

Al volver a la rutina post-vacacional, en cambio, con muchísimas cosas de las que ocuparme en mi día a día, relegué la meditación al último lugar. Consecuencia clara: muchos días no he meditado. Y no es algo que le guste reconocer a alguien que divulga los beneficios de la meditación y del mindfulness. Pero así ha pasado.

Curiosamente no me había parado a pensar en las consecuencias. Al no pretender juzgarme ni criticarme por no practicar, tampoco observé lo que ocurría. Y ya sabéis que la base del mindfulness es la observación, el “darse cuenta” de lo que nos sucede cuando nos sucede.

Ayer llegó a mi mail un artículo titulado This Is What Happened When I Stopped Meditating (Esto es lo que pasó cuando dejé de meditar) de Shannon Harvey. Me sentí automáticamente identificada con ella. Y pensé que si siempre os cuento los beneficios del mindfulness, ¿por qué no sincerarme y contaros también lo que pasa si dejas de meditar?. Hay que perderle el miedo y reconocerlo.

Muchas personas sienten ese “miedo” al terminar los cursos de 8 semanas o la formación que hayan elegido. Temen que la rutina les supere y no encuentren el momento de practicar solos en casa. Hay que ser valiente y perseverante para seguir todos los días con el propósito claro. Cada mañana antes de levantarnos debemos recordarnos el motivo, el propósito de nuestra elección por meditar. Y levantarnos. Y hacerlo (en ese momento o en el que te lo hayas programado). Y si no lo haces… no pasa nada. No te fustigues.

La principal consecuencia que sintió Shannon Harvey por dejar de meditar fue la vuelta del estrés.

Lo notó porque:

1.- volvió a comerse las uñas
2.- volvió el insomnio
3.- volvió su impaciencia, sobre todo con su marido e hijos

Su artículo me hizo darme cuenta de que la vuelta de vacaciones había provocado en mí un mayor nerviosismo, el querer llegar a todo sin conseguirlo, noches sin dormir (yo que presumo de que nada me quita el sueño), más impaciencia sobretodo con mis hijos (nerviosos a su vez por la vuelta al cole y todo eso) y más prisas al comer. Notaba un barullo en mi cabeza que no descansaba como en mis peores momentos de hace unos años antes de empezar a practicar mindfulness. ¡¡Incluso me sorprendí mordisqueándome las uñas como Shannon!!. ¡No podía ser tanta casualidad!.

Y entonces caí en al cuenta de que no estaba meditando. Reflexioné sobre si ese estado de nervios e impaciencia sin una razón clara, ¿era por la vuelta de vacaciones o por dejar de meditar?.

Sea por lo que sea, llevo varias mañanas meditando al amanecer, con uno de mis audios preferidos alternado con otros, o sin audio. Y debo decir que llevo mucho mejor el resto del día, a pesar de madrugar.

No quiere esto decir, y coincido con Shannon Harvey también, que la meditación sea la panacea que resuelve todos nuestros problemas. No va por ahí el tema. Es algo más que nos ayuda a nutrirnos, a ver la realidad tal cual es sin magnificar los problemas o escapar de ellos, a re-conocernos, a serenar y dejar descansar la mente, a tomar conciencia de nuestro aquí y de nuestro ahora.

En el artículo Shannon finaliza preguntando a sus lectores que le cuenten cómo hacen para meditar en días de mucho trabajo. Yo contestaría: madrugando y, si no me es posible, incrementando la meditación informal y haciendo pequeñas paradas de meditación de 1 o 3 minutos.

La meditación es para mí como el agua que refresca mi mente y me devuelve a la vida.

¿Y tú?. ¿Qué responderías?.
Si alguna vez has dejado de meditar, ¿qué has notado?.

Dejo de nuevo el link al artículo de Shannon Harvey (en inglés) This Is What Happened When I Stopped Meditating.

¡Feliz lectura!. Te espero en los comentarios y en las redes sociales.

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Pilar Navarro